La quema

(La versión de Eduardo Pellejero de "El Contenedor")


1
La historia es así. Emilio Moyano contrajo la escritura como quien contrae el Sida. La erudición nunca le había interesado. Había mantenido siempre relaciones de riesgo con la literatura. Los resultados de esa relación sobre su sistema inmunitario eran visibles para todos y no eran invisibles para mí. En las bibliotecas de Córdoba le tenían prohibida la entrada. Se decía que, alienado por la lectura, era capaz de arrancar las páginas de los libros que contradecían su sensibilidad. El resultado eran volúmenes desproporcionados, de lomos anchos y páginas escasas, que los funcionarios públicos descubrían con horror sagrado. Creo haberle prestado alguna vez un ejemplar de Rayuela que me devolvió sin una sola página. Eso, y no la hipotética errancia que me atribuye, nos distanció. Las noches las pasaba en vela, llenando pequeños cuadernos escolares con su letra de insecto, que se acumulaban como el polvo sobre su escritorio y que como el polvo caían en el olvido. Cuando se sentía agotado, copiaba los diarios del día, sumergido en una especie de trance del que nada era capaz de arrancarlo. El hambre no lo perturbaba, no lo incomodaba la mugre. Lentamente se fue despojando de todo lo que no fuese imprescindible para la escritura. Hubiese sido comprensible que su mujer lo dejara, pero Jessica se mantuvo siempre a su lado, y lo mantuvo vivo. Dicen que Emilio le escribía cartas, incluso para dirigirse a ella durante los almuerzos, pero ese gesto me parece impropio de su carácter, que no hubiese consentido nunca una escritura funcional. Por la tarde, mientras todos dormían la siesta, se costeaba hasta la quema y cirujeaba entre la basura. Levantaba cualquier papel que dijese alguna cosa. Los rejuntaba en bolsas de plástico, que más tarde se amontonaban en el fondo de la casa. Su familia consentía esa extravagancia con resignación.

2
Aquella tarde no llovía (en Córdoba no llueve nunca). El viento remolineaba en la quema y levantaba pedazos de basura en trombas oscuras que caían después sobre nosotros sin mojarnos. Lo había ido a buscar para ofrecerle un trabajo, pero me bastó verlo para comprender que Emilio jamás aceptaría la dilación de la literatura, y no dije nada. Me había reconocido desde lejos y se acercaba cargado de bolsas. No era Rayuela, recordé, era Cien años de soledad, y había sobrado una página (media). Tanto tiempo, le dije. Hablamos, fatalmente, de libros. Lamenté no poder quedarme más tiempo en la Argentina, para poder encontrarlo más veces, pero supongo que Emilio lo prefería así. Nos despedimos sin afectación. Empezaba a oscurecer. El mundo se desvanecía a nuestro alrededor. Emilio me puso la mano en el hombro antes de que pegara la vuelta. Me dijo: ¿No tendrás alguna cosa que me puedas dar? Tuve que controlarme para que las manos no me temblaran mientras buscaba mi cartera en el bolsillo del saco. Era un imbécil. Había ido a verlo para constatar una idea, no para encontrar al amigo. La idea de que la literatura puede ser una enfermedad, quiero decir el principio de una nueva salud. Tenía ciento cincuenta pesos y algunos dólares, tal vez otro tanto. Se los ofrecí. Hubiese estado bien que comenzara a llover entonces. Emilio me miró como si no entendiera. Te puedo girar algo más, le dije, creyendo que era poco. No, me dijo, guardá eso. Alguna cosa escrita, me dijo, ¿no tenés nada escrito que me puedas pasar? Le mentí que ya no escribía, porque lo temía como lector. Tuyo no, me dijo, como si eso jamás le hubiese pasado por la cabeza. Cualquier cosa, vos sabés. Yo sabía. Guardé mi cartera y rebusqué en los bolsillos. Tenía un par de tarjetas personales («Juan Manuel Gonzales Martínez - Abogado» y «Codimat S.A. - Materiales para su construcción - Sergio Marinsalta - Gerente Comercial»), el volante de una rotisería («Santo Rico»), un mapa de Carlos Paz que me había agenciado en el hotel y un cartoncito de una de esas balanzas antiguas que ofrecen la suerte cuando uno se pesa («Viaje inminente. Atención a los cambios bruscos de clima. Alguien regresa. 83 kg.»). Emilio agradeció esos papeles y los metió en una de las bolsas. No lo volví a ver nunca más. 


"Eduardo Pellejero nasceu na Argentina em 1972. É licenciado em Filosofia pela Faculdade de Filosofia da Universidade do Salvador, Buenos Aires (2000) e Doutor em Filosofia Contemporânea pela Universidade de Lisboa (2006). Actualmente es profesor de Estética en la Universidad Federal de Rio Grande do Norte (Brasil)."